Nov 4 2011

Laguna Santa Rita al borde del Desconsuelo

Es una de las lagunas más inexploradas de la geografía colombiana hallada en el cerro Caramanta de la cordillera Occidental en el suroeste de Antioquia. Muchos antioqueños la conocieron luego de que se estrellara una avioneta en sus alrededores hace 32 años.

Texto: Andrés Ángel Gómez (El caminero)

En la madrugada un conato de lluvia me sacó del plácido sueño. Me desvelaba la idea de que el agua colocara en riesgo la expedición en cualquiera de los cuatro  cauces y diez pasos que se deben cruzar para llegar hasta la Señal, lugar del campamento base.

A las cinco y media de la mañana comienzo a caminar en compañía de Luis, envigadeño y entusiasta amigo mío quien sin saber para dónde iba, quiso acompañarme; Mario, cultivador de café  y guía experimentado con 17 ascensos y tres jornadas de mantenimiento del camino hasta la laguna; y Pedro, un joven estudiante de Administración Agropecuaria de la región, quien fue invitado por Mario, pues el muchacho, aún siendo de la región no había tenido la oportunidad de conocerla.

La expedición inicia en la casa de Mario, situada en el corregimiento de Santa Rita del municipio de Andes, suroeste antioqueño. La ruta es un ascenso fuerte y en muchos tramos exigente que va desde 1.632 hasta los 3.831 m.s.n.m. en la cima del cerro.

El camino, hasta el lugar de acampada, alcanza a tener  12 kilómetros. Comienza subiendo por un sendero de arriería hasta el alto del Buey. De allí desciende hasta las playas del Chaquiro, donde el Silencio vierte sus aguas en el río Santa Rita.  Basta con echar un vistazo para descubrir los entables para la extracción de oro, actividad que desde hace varias décadas ejerce una notable presión sobre el ecosistema y el agua de la región.

Un puente colgante nos sirve para cruzar el río el Silencio y desde la otra orilla ascendemos entre cultivos de café, plátano, guayabos y algunas pencas de piñas, seguidas de un extenso matorral repleto de helechos y de chusque que en ocasiones entorpecen el caminar.

Agradecimos el momento en que el camino se internó por un robledal, pues la sombra aliviaba el esfuerzo que se debía hacer para subir por el filo de la montaña hasta el alto de los Musgos a unos 2.800 m.s.n.m., y posteriormente, descender  100 metros en altura y subir otros 50 metros hasta un pequeño claro en el bosque llamado el Descanso.

Unos metros antes de llegar alteramos un panal de avispas que se encontraba entre unas raíces que atraviesan el sendero. Como iba en segundo lugar, alcancé a retroceder del enjambre con tan solo un piquete en la mano derecha, suerte que no tuvo Mario quien se llevó al menos  cuatro picaduras, una de ellas en la oreja y de la que se acordaría durante toda la travesía.

Luego de vadear exitosamente a las avispas comenzamos a descender por un terreno abrupto y peligroso, entre ramas y raíces que sirven de camino al borde de unos precipicios de hasta 50 metros de profundidad. Concentrados en cada paso llegamos de nuevo a orillas del río el Silencio que a esta a una altura de 2.636 m.s.n.m., sus aguas son prístinas y puras a pesar de los taninos con los que carga.

Con miedo de que el clima después del medio día se quebrara y comenzara a llover, nos apresuramos a realizar los seis pasos del río para llegar hasta su afluente el Desconsuelo, cañada que se debe cruzar en dos ocasiones.

En último paso del Desconsuelo, nos detuvimos en su orilla para almorzar y retomar alientos para emprender el último tramo de ascenso. Unos 770 metros verticales en kilómetro y medio para llegar hasta los 3.523 m.s.n.m. Allí es donde uno entiende por qué llaman así a la cañada y comprende la magnitud de la montaña a la que se pretende coronar.

Si antes el camino no nos había parecido tortuoso y extremo, en este tramo la montaña nos hizo arrodillar, reverencia que tuvimos que repetir en numerosas ocasiones. En medio del exigente trayecto nos volvimos a encontrar un segundo enjambre de avispas, igual de bien ubicado que el primero. Nos cubrimos con los pasamontañas para cruzar por delante sin molestarlas mucho, pero esta es la ocasión en que las cosas siempre pueden estar peor y las avispas se alborotan y tenemos que correr. En medio del agite, el peso de los morrales, la inclinada cuesta, el cansancio y la falta de oxígeno en el cerebro, Luis se detiene sin percatarse que son muchas las que venían tras de mí,  y me dice que mejor las enfrentemos quitándose la gorra para tratar de espantar algunas. Obviamente un empujón y varios piquetes por parte de los enfurecidos insectos hicieron que él arrancara a correr nuevamente. En total, recibimos variadas picaduras en brazos, cuello, cara y cabeza. En ese punto es que uno agradece no ser alérgico al veneno de tan estimadas criaturas que, cuando no son molestadas, no hacen otra cosa más que polinizar las flores del bosque pluvial montano.

A las 4:30 de la tarde, cansados y con los músculos al borde de los calambres, llegamos hasta el lugar del campamento base, la Señal. El sitio fue el último helipuerto para rescatar a las víctimas de la avioneta accidentada el 15 de abril de 1.979. Hoy el lugar se encuentra acondicionado con tres tarimas de madera dispuestas para montar las carpas. A las 6:30 de la tarde cenamos y caímos como noqueados dentro de las tiendas de campaña.

 

Luego de pasar la noche, el sol ilumina la cumbre del cerro Caramanta, a unos 300 metros de altura sobre nuestro campamento.  Emprendimos el camino a través de la cuchilla en la que se encuentra el fuselaje de la avioneta estrellada que descansa sobre el pajonal lleno de orquídeas y bromelias. Una especie de calvario que nos enfrenta con realidad de vida y muerte que posee la montaña.

Hora y cuarenta minutos de recorrido bastaron para alcanzar la cima donde pudimos divisar a Jardín, Jericó, Andes y los territorios de los departamentos de Risaralda y Chocó.  Cuando llegamos al mirador de la laguna Santa Rita, estaba cubierta por una densa capa de neblina.

Más nos demoramos en llegar que en aparecer un suave viento  que descubrió el espejo oscuro de agua y le hizo honor a su nombre regalándonos una maravillosa panorámica como recompensa por todo lo sufrido en un camino que por momentos nos pareció imposible de seguir.

 

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Oct 19 2010

Perdido con instrumentos

En varias ocasiones he subido a esa montaña que desde el Retiro y hacia Montebello se ve a la mano derecha y luego de mirar los trazos de mis caminadas en Google Earth pues he advertido que hay una conexión con el Alto de Minas, y me ayuda a reforzar la idea unos vestigios de antigüos canalones que se ven; mirando el contexto histórico de la zona se puede leer en el territorio que seguro esta fue una ruta para comunicar ese cañón del rio Cauca con la zona del valle de San Nicolás.

Día Uno

Con el joven Utricseb hemos hecho varias aproximaciones buscando orquídeas y esta vez la misión era unir los dos puntos antes mencionados, Él junto a su esposa aceptaron el reto y nos dimos a la tarea de emprender la marcha, madrugamos y a eso de las 5 a.m. ya estábamos en marcha, después de una hora larga dejamos el camino y tomamos un canalón que asciende directo a la antena que es un referente pues es el punto mas alto del sector, a esta llegamos dos horas mas tarde y desde ahí todo sería nuevo para nosotros, emprendimos por el camino con el rumbo hacia Minas y luego de mucho andar encontramos un campesino que nos indico que en realidad íbamos por la cuchilla equivocada, nos dimos a la tarea de corregir el rumbo subiendo nuevamente y tratando de tomar la siguiente, este nuevo camino para nosotros y en des-uso por muchos años seguimos los vestigios que supuestamente nos conducirían a nuestro destino, mismos que nos aventaron a otra cuchilla cada vez mas cerrada y de bosque más nativo, en principio nuestro trazo con el GPS coincidía con el sector pero tan pronto nos internamos notamos una salida de curso y la fuerte lluvia junto con la neblina digna de los 2800 msnm no nos dejaban cotejar el mapa contra el terreno, entregandonos solamente una trocha que anhelábamos fuera el camino. Internados ya en el bosque primario premontano Humedo encontramos alrededor de 40 especies diferentes de orquídeas y durante unos 4 kilómetros calculamos más de 4 millones de individuos diseminados en el paisaje mas espectacular, pues no se distinguía donde el suelo dejaba de ser suelo el musgo colonizaba hasta los 4 mts de altura y todo era alucinantemente verde, con excepción de algunos parches de musgos rojos que parecían bloques de coral estrella. Continue reading

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Aug 4 2010

Taller de Orientación para caminantes

Para aquellos que quieren dejar de ser unos perdidos, aquí les va la notificación del nuevo taller, clic en la imagen para ver los detalles.

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